Una educación general, para todos, atenta a los problemas del presente

GinerAprenderse a Platón para ganar curso es obra tan servil como ponerse al mostrador para no morirse de hambre. El ministerio religioso, la filosofía, las ciencias naturales, la política, la enseñanza, la historia pueden ser, y de hecho son frecuentemente, oficio de aburridos ganapanes; y la agricultura o el comercio, las industrias manuales, el servicio de la administración, el foro se elevan en ocasiones a la dignidad, poesía y valor ético que el vulgo se obstina en vincular en aquellos otros negocios.

Estas palabras fueron escritas en 1892, en relación con los “problemas de la segunda enseñanza” de su tiempo, por un catedrático de Filosofía del Derecho, Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), cuya autoridad moral e influencia personal desde la cátedra y la Institución Libre de Enseñanza, creada en 1876, son claves para entender el mundo de la cultura, de la política y de la educación en la España de la Restauración borbónica (1875-1931) y de la II República (1931-1939). Ese “hombre extraordinario”, diría Azaña a su muerte en 1915, “fue el primero que ejerció sobre mí un influjo saludable y hondo; con solo asistir a su clase de oyente (de gorra, decía él con gracia) comenzaron a removerse y cuartearse los posos que la rutina mental en que me criaron iba dejando dentro de mí”. Caracterizado por Ortega, en dicha ocasión, como “el único manantial de entusiasmo que hemos encontrado en nuestro camino”, dejaría tras de sí una copiosa obra escrita, publicada en veinte volúmenes, en la que junto a textos de índole filosófica, jurídica, sociológica y psicológica, se hallan otros relativos al mundo de la literatura, el arte, las artes industriales, la religión y, sobre todo la educación y la enseñanza, un tema al que se dedicaron ocho de los veinte volúmenes de sus obras completas.

Claro defensor de la distinción entre una “educación general”, para todos, en la que se desarrollaran “todas las facultades del ser humano” y se suministrara “una orientación general en todas las esferas del conocimiento”, y una educación especial o profesional” para “el desempeño de una función social determinada”, entendía que la cuestión no residía en que el programa de estudios de esa educación general fuera clásico o realista, sino en su “orientación”. Dicho programa debía relacionar al joven con “el medio actual que ha de vivir y a ninguno de cuyos grandes problemas puede permanecer ignorante y extraño”. “Hoy”, añadía, “no puede estimarse hombre culto al que desconozca los principales resortes y fundamentos de la vida contemporánea y sus problemas capitales y de solución más urgente”. Además, esa educación general, tanto en la enseñanza primaria como en la secundaria, jamás podría consistir “en la mera instrucción” o “en el desenvolvimiento puramente intelectual”. Por el contrario, debía “promover íntegramente el sentimiento y la voluntad” junto con el “conocimiento”, así como “el carácter moral” y el “desarrollo y fuerza físicos”.

Pensador de ayer para problemas de hoy, sus propuestas en favor de las reformas educativas graduales basadas en la formación del profesorado, a largo plazo e independientes de los vaivenes políticos, deben ser puestas en relación con el gradualismo y el reformismo social propios de la filosofía krausista. Pero no es esta concepción de las reformas educativas el único aspecto actual de sus planteamientos, sino también, entre otros aspectos, su concepción humboltiana de la universidad ―de una universidad ajena al pragmatismo e independiente del mercado, como ha recordado Emilio LLedó―, sus propuestas sobre la enseñanza de la religión y de la moral, su socratismo pedagógico y la relevancia que asignaba a la interacción personal en las relaciones entre maestros y discípulos.

No se trata tanto de encontrar en sus escritos o en su vida recetas o soluciones para problemas o cuestiones actuales, cuanto de que su lectura nos hace repensar y ver desde otra perspectiva dichos problemas y cuestiones. No se trata de estar o no de acuerdo con sus planteamientos, sino de pensar con ellos desde el presente. Es en ese sentido en el que puede decirse que, de acuerdo con esa caracterización de los clásicos que hizo Italo Calvino, Giner de los Ríos puede ser considerado un clásico: su lectura y relectura alumbran nuestro presente.

Autor: Antonio Viñao

 

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