El racionalismo crítico de Karl Popper

UMU-Curso Pensadores de ayer-imagen de Popper

Karl Popper

¿Qué es lo que ha hecho especialmente atractivo el racionalismo crítico popperiano tanto desde el punto de vista teórico como práctico-político en los últimos cincuenta años? Me atrevería a dar una respuesta clara: su pugna contra toda clase de autoritarismo y, en consecuencia, su apuesta por la libertad e indeterminismo. El mismo Popper, en el prefacio de 1982 al segundo volumen del Post Scriptum a la Lógica de la investigación científica, escribió:

“En cualquier caso, quiero afirmar aquí, claramente, algo que es manifiesto, tanto en La sociedad abierta y sus enemigos como en La miseria del historicismo: que estoy profundamente interesado en la defensa de la libertad humana, de la creatividad humana y de lo que se ha llamado tradicionalmente el libre albedrío (o libre voluntad)… Este libro es, pues, una especie de prolegómeno a la cuestión de la libertad y creatividad humanas, y les abre espacio física y cosmológicamente (…)”

Desde el punto de vista epistemológico, Popper siempre se ha considerado heredero de la gran tradición griega. Por eso, a diferencia de aquellos que, dando la espalda a Atenas, han denunciado la violencia implícita en la Razón europea y sus criterios de demarcación, Popper siempre ha reivindicado el legado de la tradición racionalista surgida en las islas jónicas alrededor de los siglos VI-V antes de Cristo. Y no lo ha hecho desde una actitud deferencialista hacia los saberes positivos. Porque, si bien es cierto que, como dice Habermas en Ensayos político, él siempre se ha aferrado a la fuerza ilustradora de la crítica y considerado que una vida más digna, igualitaria y emancipada dependía en gran medida de una extensión ilimitada de la razón (científica), no lo es menos que también él fue el primero en advertir al final (§ 85) de su Logik der Forschung (1935), en clara pugna con el positivismo, que la ciencia no es un sistema de enunciados seguros y bien asentados, ni uno que avance firmemente hacia un estado final; que nuestro conocimiento no es infalible, y que incluso la mejor ciencia, la ciencia contemporánea, no contiene más que intentos creativos y prejuiciosos de solucionar problemas reales.

El abandono de la idea epistemológica de que lo importante son los hechos y dar con un método que nos permita inducir de ellos nuestra teorías científicas no debe hacernos, en cualquier caso, pensar que no es posible seguir hablando de razones. Creer que todo se reduce a intereses y perspectivas subjetivas es, para Popper, la manifestación de hostilidad a la razón más destacada y perniciosa de nuestra época:

“La principal enfermedad filosófica de nuestra época –señala nuestro autor- es el relativismo intelectual y moral, el segundo basado, al menos en parte, en el primero. Por relativismo -o, si se prefiere, escepticismo entiendo aquí, sucintamente, la posición que sostiene que la elección entre teorías en competencia es arbitraria, ya que, por un lado, no existe algo así como la verdad objetiva; por otro si existiera, no hay nada que sea una teoría verdadera o, en todo caso, más próxima a la verdad que otra; y, finalmente, si hay dos o más teorías, no hay forma ni medios para decidir si una de ellas es mejor que la otra.”

Ver resto del articulo desde este enlace.

Eugenio Moya.

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