El pensamiento, según Dewey

Dewey

El norteamericano Jonh Dewey (1859-1952), clasificado habitualmente con poca coherencia entre los funcionalistas de Chicago a comienzos del XX, fue, a muchos de los efectos que los intelectuales suelen tener sobre la sociedad, un ejemplo y referente. Abrir la mente entre la hecatómbre de entreguerras (20 y 40) buscándole las dimensiones aplicadas a las ideas (pensamiento y acción) no ha sido muy frecuente en cualesquiera épocas. Tal vez su período de vida no le ha hecho justicia a un pensador del que se puede aprovechar mucho.

En este fragmento no se pretende concretar su pensamiento y aplicaciones. Expresa aún algo más perentorio y exigente: cómo se forma y alimenta el pensamiento, el pensamiento “reflexivo”, enfatiza pleonásticamente Dewey. Pero sí resalta la importancia de la memoria para pensar. Y de lo percibido. Sigue leyendo

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La metáfora de la escuela como factoría

escuela factoriaLarry Cuban nos señala tres fases de la metáfora de la escuela como fábrica… y también como una riña entre tendencias pedagógicas.

En la primera fase, cuando el modelo de la eficiencia industrial y el paradigma moral de Weber estaban en pleno auge era una metáfora positiva.

Cuban cita literalmente al profesor Ellwood P. Cubberley, de la Universidad de Stanford, que  dijo a principios del siglo XX:

Nuestras escuelas son, en cierto sentido, las fábricas, en las que las materias primas (los niños) deben ser moldeados y formados/ transformados en productos para satisfacer las diversas demandas de la vida. Las especificaciones para la fabricación provienen de las exigencias de la civilización del siglo XX, y la escuela es la empresa para construir los alumnos de acuerdo con las especificaciones establecidas.

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Pensamiento de pensadores

Un grupo de profesores y amigas y amigos hemos tomado la decisión de diseñar este blog y preparar un curso sobre “Pensadores de ayer para problemas de hoy”. No cabe darle muchas vueltas para entender la intención aunque los motivos se multiplican casi día a día.

Estamos en un universo cada vez más paradójico. Conviven a corta distancia la sociedad de la información y el conocimiento junto a la de la ignorancia y analfabetismo digital; proliferación de nuevas tecnologías junto a falta elemental de recursos de supervivencia; desarrollo de la inteligencia humana hasta admirables niveles junto al adocenamiento y la repetitiva inercia de recetas de vida, de estilos, de cultura, de iniciativas…

Google Glass

Google Glass. Foto: Max Braun (vía Flickr)

Foto: Nacho Benvenuty (vía Flickr)

Foto: Nacho Benvenuty (vía Flickr)

Es ampliamente admitido que no existen soluciones ni recetarios, profetas ni dogmatismos, ante un panorama tan pendularmente contradictorio que pareciera que cuando en un extremo se hallen las respuestas y soluciones, resulta que hay que recomenzar por el principio a reconstruir la humanidad en todos los sentidos  si atiendes al otro extremo del péndulo.

No hay soluciones, no hay respuestas universales, sino que, como siempre, nos queda el pensamiento. Recomenzar, pero con el legado de un pensamiento fraguado y evolucionado en el magma de un catálogo de pensadores de muchos siglos. Recomenzar sin la banalidad de inventar mundos y paraísos autónomos que pretendan erigirse en nuevos cánones, dogmáticos, sobreestimados, tecnificados, interesados en la industria de los nuevos paraísos, guerra, dominación, supremacía, poder absoluto, metas inalcanzables, oligocracia y plutocracia o bien en el otro extremo del péndulo muerte, enfermedad, ignorancia, extrema necesidad, pobreza, rigores, insípidas inteligencias ineficaces para el autodesarrollo, sometimiento, impotencia y espera del destino.

No hay recetas sino pensamiento. Y hay que ponerlo a disposición de todos porque el pensamiento en sí no es ya un qué es sino un cómo es, cómo ha de ser, cómo hay que hacer, cómo hay que vivir, cómo hay que hacerlo en este mundo pendular y contradictorio.

Tal vez así –y por eso- surgió entre amigos “allegados intelectualmente” la idea de promover ese pensamiento. Tratar de sacarlo de los estantes, de los laboratorios, de las aulas, de los cenobios y tertulias acaso artificiosamente enriquecidas o prendadas de sí, para compartirlo, mostrarlo en el qué y el cómo, difundirlo, sembrarlo y esperar que, modestamente, esa semilla alumbre –tal vez no llegue a iluminar- allí donde pueda abrise paso, donde llegue, donde haga falta, donde haya quienes quieran oir, aprender y ensayar más eficaces inercias para resituar un péndulo descontrolado.

Es nuestra propuesta para ello. La única fuerza que podemos y al fin la única eficaz tal vez algún día, el pensamiento de los pensadores.

Autor: Manuel Esteban